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TDAH

TDAH: por qué esconderlo no solo cansa, también aleja

El primer estudio que exploró el enmascaramiento en adultos con TDAH encontró que casi todos lo hacen, y que lo que más cuentan no es el cansancio, sino la distancia que deja con los demás.

Por Dra. Daniela Málaga··13 min de lectura

Estás en una reunión. Llevas veinte minutos asintiendo con la cabeza en el momento exacto, manteniendo el contacto visual el tiempo justo, vigilando que la pierna no empiece a rebotar debajo de la mesa. Cuando alguien te pregunta qué opinas, respondes bien. Y sin embargo, si te preguntaran qué se dijo en los últimos cinco minutos, no sabrías contestar: toda tu atención estaba puesta en parecer atento, no en escuchar.

Sales de la reunión y estás agotado. No por el contenido, no fue difícil, sino por el trabajo de sostener la versión de ti que estuvo sentada ahí. Llegas a casa sin energía para nadie. Eso tiene nombre en la investigación: enmascaramiento, o camuflaje social (en inglés, masking).

Qué es enmascarar (y de dónde sale el término)

La palabra viene de la investigación en autismo, donde desde hace más de una década se estudia el conjunto de conductas que las personas autistas usan para ocultar sus rasgos en situaciones sociales. Durante años se asumió que era un fenómeno propio del autismo.

La pregunta obvia tardó en hacerse: si las personas con TDAH también enfrentan dificultades sociales y estigma, ¿también esconden sus rasgos? Ya había trabajos que medían el camuflaje en TDAH con cuestionarios adaptados del autismo, pero hasta 2026 ninguno se había dedicado a explorar en profundidad cómo es esa experiencia por dentro: qué la motiva, cómo se hace y qué deja después.

Ese estudio ya existe, y vale la pena mirarlo con cuidado, incluyendo lo que no permite concluir.

Nueve de cada diez, en un estudio

Un equipo de la Universidad Simon Fraser preguntó a 202 personas de 16 a 73 años con diagnóstico de TDAH (edad promedio: 29) por sus motivaciones, sus estrategias y las consecuencias de esconder sus rasgos. El 79,2 % reportó al menos otro trastorno de salud mental además del TDAH, una proporción que coincide con lo que se observa habitualmente en esta población.

El resultado principal: el 91,6 % (185 de las 202 personas) dijo que enmascara su TDAH en situaciones sociales. Lo hacían en el trabajo, en entrevistas laborales, en el supermercado, en el transporte público, con gente nueva y también con amigos y familia. Un grupo describió enmascarar en todas las situaciones sociales; unos pocos, incluso estando solos.

Conviene decir de dónde sale esa cifra, porque cambia cómo hay que leerla. El análisis de las experiencias es cualitativo: se estudiaron respuestas escritas, no puntajes. Los participantes sí completaron una escala estándar de síntomas de TDAH, y el 97 % puntuó por encima del corte clínico, pero la muestra se reclutó por internet, en foros y redes de TDAH. Volveremos sobre esto más adelante, porque importa.

Por qué se enmascara: casi siempre es defensa

Cuando se agruparon las razones que dieron los participantes, la más mencionada fue caer bien (la nombró el 53 %), y muy cerca detrás, evitar experiencias adversas (51,5 %): burlas, juicios, comentarios, discriminación. Después aparecieron el deseo de “parecer normal” y, en un grupo importante, la idea de que enmascarar no es una elección sino una táctica de supervivencia.

Ahí se desarma la lectura fácil. No estamos hablando de querer impresionar. Estamos hablando de conservar el trabajo, de que no te dejen fuera, de que no te digan otra vez que eres desordenado o poco profesional. Varios participantes describieron enmascarar específicamente para que se les tomara en serio como profesionales.

Una aclaración importante sobre estos porcentajes: los autores advierten explícitamente que estas frecuencias no miden prevalencia. Solo cuentan a cuántas personas se les ocurrió mencionar cada tema al escribir. Que alguien no mencionara una motivación no significa que no la tuviera.

Cómo se enmascara: esconder, aguantar, compensar

Las estrategias se agruparon en tres grandes formas. La más mencionada (la nombró el 70,3 %) fue esconder y fingir: disimular el movimiento de las manos o las piernas, fingir prestar atención, observar a los demás y copiar su comportamiento, evitar situaciones sociales, dar explicaciones alternativas para tapar un olvido.

La segunda, mencionada por el 58,4 %, fue la supresión: aguantar el impulso de hablar, de interrumpir, de moverse, de expresar entusiasmo.

La tercera, por el 45,1 %, fue la compensación: llegar sobrepreparado, trabajar de más, volverse hiperorganizado, apoyarse en alarmas y libretas, organizar los encuentros sociales alrededor de un juego o una actividad física.

Un grupo pequeño de participantes describió además usar sustancias con este fin, y unos pocos consideraron que su propio tratamiento indicado era una forma de enmascarar. Conviene separar las dos cosas, porque no son lo mismo. Un tratamiento indicado y controlado no esconde el TDAH: reduce los síntomas (y es, de hecho, una de las vías por las que la necesidad de enmascarar baja). Puedes leer qué funciona en el tratamiento del TDAH en otro artículo de este blog. Sostener el día con algo que nadie te indicó es una situación distinta, y es justamente la conversación que vale la pena tener en consulta. Nunca inicies, cambies ni suspendas un tratamiento por tu cuenta.

La paradoja: enmascarar empeora lo que esconde

El 22,8 % de los participantes describió el mecanismo con una precisión llamativa: enmascarar interfiere con funciones cognitivas importantes (atención, concentración, memoria). Alguien se concentra tanto en sostener la mirada para demostrar que está escuchando, que deja de procesar lo que le están diciendo. Alguien se ordena a sí mismo no interrumpir, y esa vigilancia interna ocupa el lugar del contenido de la reunión. Alguien deja de mover la pierna, que era justamente lo que le ayudaba a enfocarse, para que nadie piense que está nervioso.

La conclusión de los autores es que enmascarar puede ocultar las dificultades y al mismo tiempo intensificar los síntomas del TDAH y sus consecuencias en el funcionamiento diario. Se paga dos veces: el esfuerzo de esconder, y el rendimiento que ese esfuerzo se lleva puesto. Es una interpretación a partir de lo que la gente describió por escrito: nadie midió el rendimiento cognitivo con y sin máscara.

Lo que cuesta: primero la distancia, después el cansancio

Lo más mencionado, en el 64,4 %, fue la reducción de la cercanía y la conexión con los demás. La misma descripción vuelve una y otra vez: si nunca te ven como eres, nadie llega a conocerte de verdad; las relaciones se quedan en la superficie; algunas personas terminan con muchos vínculos cordiales y ninguno cercano. Y aparece una vuelta de tuerca cruel: varios participantes contaron que cuando empezaron a enmascarar menos, algunas relaciones se rompieron, porque el entorno sintió que le habían mentido sobre quién era.

Después vinieron los efectos en la salud mental (47,5 %) (estrés, ansiedad antes, durante y después de las interacciones, síntomas depresivos, autoestima baja, vergüenza) y el agotamiento (45,1 %), descrito como mental, físico y emocional, a veces con varios días de recuperación.

El 40,6 % describió algo más difícil de nombrar: la sensación de estar escondiendo a la persona que realmente son, y en algunos casos de haber enmascarado tanto tiempo que ya no saben cuál es esa persona.

Ninguna de estas tres cosas (la distancia, el ánimo, el cansancio) suele contarse en consulta si nadie pregunta por ellas.

Pero no todo enmascarar es igual

Sería fácil terminar aquí con un “deja de enmascarar”. Sería un mal consejo, y el propio estudio da los motivos.

Primero, porque enmascarar también hizo cosas por estas personas: el 37,1 % dijo que le facilita las interacciones sociales y sus resultados (conseguir el trabajo, sostener la relación, pasar la entrevista). Un participante lo resumió sin metáfora: le sirve y le cuesta, al mismo tiempo.

Segundo, y más importante para lo práctico: las distintas estrategias no cuestan lo mismo. Según los relatos, la supresión activa dejaba un malestar físico y mental considerable, y fingir dejaba problemas de identidad y autoestima. En cambio, ciertas formas de compensar (planificar por adelantado, apoyarse en herramientas, usar estrategias para sostener la atención) se vivieron como útiles y con consecuencias negativas mínimas.

Dicho de otro modo: no es lo mismo poner una alarma que aguantarse la respiración durante ocho horas. La pregunta útil no es “¿enmascaro o no?”, sino cuál de todas estas cosas estoy haciendo, con quién, y qué me está costando cada una.

Por qué enmascarar retrasa el diagnóstico

Hay una consecuencia que va más allá de la persona. El 15,4 % de los participantes describió que enmascarar perpetúa expectativas poco realistas y el estigma: el entorno se acostumbra a la versión enmascarada, y cuando esa versión no se sostiene, la reacción es más dura, no más comprensiva. Varias personas contaron que su familia, sus profesores o incluso profesionales de salud mental no tomaron en serio su TDAH precisamente porque lo escondían bien.

A partir de esto, los autores plantean que el enmascaramiento puede contribuir al diagnóstico tardío o erróneo del TDAH. Es una hipótesis razonable, no un dato medido.

Hay además una advertencia dirigida a los clínicos que vale la pena que también conozcan los pacientes: los autores señalan que ciertas intervenciones de habilidades sociales pueden, sin proponérselo, enseñar a enmascarar y con ello afectar la autoestima, la identidad, los vínculos cercanos y la atención de la persona a la que se quería ayudar. Las estrategias que se recomiendan en consulta necesitan explicarse con su propósito, sus límites y sus riesgos, no entregarse como una fórmula.

¿Y en el trabajo? Un apunte lateral sobre los rasgos

Conviene aclarar de entrada qué es y qué no es lo que sigue. No hay ningún estudio que haya medido si enmascarar en el trabajo conviene o no. Lo que sí existe es un trabajo sobre algo distinto: cuántos vínculos laborales tienen las personas según su nivel de síntomas.

En dos muestras de trabajadores estadounidenses, empleados a tiempo completo y emprendedores, quienes puntuaban más alto en síntomas de tipo hiperactivo-impulsivo reportaron más lazos de amistad y más colegas que acudían a ellos por consejo. Pero también más conflictos, de forma clara entre los emprendedores y apenas insinuada entre los empleados. El autor lo llama una “bendición mixta”: los mismos rasgos que abren algunas puertas también aumentan la fricción. Y el patrón no se repitió en el subtipo inatento, que no mostró esos beneficios en ninguna de las dos muestras.

Los límites de ese estudio son serios y conviene tenerlos delante: es transversal (una foto, no una secuencia); el TDAH no se midió con un diagnóstico clínico sino con un tamizaje breve cuya subescala de síntomas hiperactivos son dos preguntas; y todo se basa en que cada persona reporte sus propios vínculos, cuando el propio autor advierte que las personas con TDAH tienden a sobrestimar cuántos amigos tienen. No permite afirmar causa y efecto.

Con esas salvedades, sirve para una sola cosa: recordar que el balance real de estos rasgos es más complicado que “esconderlo siempre conviene”. La decisión de con quién mostrarse depende del entorno de cada persona, que solo esa persona conoce.

Lo que este artículo no puede decirte

Toca ser honestos sobre el terreno que pisamos, porque es más blando que en otros artículos de este blog.

  • La mayoría de las personas que se reconozcan aquí no tienen TDAH. Se estima que alrededor del 3 % de los adultos en el mundo lo tiene. Que el 91,6 % de las personas con TDAH diga que enmascara no dice nada sobre la probabilidad al revés: salir agotado de una reunión, o sentir que actúas un papel en el trabajo, son experiencias muy comunes, y la mayoría de quienes las viven no tiene TDAH. Eso no invalida el cansancio de nadie; solo significa que la explicación puede ser otra, y que vale la pena buscarla.
  • Los confusores están dentro de la propia muestra. El 17,6 % de los participantes se identificó como autista y el 62,9 % reportó alguna forma de ansiedad, y los propios autores advierten que ese nivel de ansiedad pudo elevar cuánto enmascaraban. Es decir: buena parte de lo que aquí se llama enmascarar puede ser ansiedad social, rasgos autistas, o sencillamente la respuesta razonable de alguien a quien trataron mal.
  • No hay datos peruanos ni latinoamericanos. El 72,3 % de la muestra se identificó como blanca, y los propios autores advierten que eso limita la aplicabilidad de los hallazgos a personas de orígenes étnicos diversos, porque las normas culturales sobre qué es aceptable mostrar cambian mucho de un lugar a otro.
  • La muestra no representa al TDAH adulto. El 70,8 % eran mujeres (una proporción que, como señalan los autores, no refleja las estimaciones poblacionales) y el 71,8 % tenía menos de 35 años. Hay razones para pensar que las mujeres enmascaran más por la socialización de género, así que la cifra del 91,6 % podría estar inflada por la composición de la muestra.
  • Los diagnósticos fueron autorreportados y se reclutó por internet, en foros y redes de TDAH. El estudio no verificó los diagnósticos con documentación oficial ni hizo evaluaciones independientes, y los autores advierten que esa autoselección pudo moldear qué experiencias se recogieron.
  • El enmascaramiento no es un diagnóstico ni un criterio del DSM-5, y no existe todavía un instrumento desarrollado y validado específicamente para medirlo en TDAH.

Dicho todo eso: es el primer estudio que le puso método a algo que muchos adultos con TDAH describían desde hace años sin tener cómo nombrarlo. Que la evidencia sea temprana no significa que la experiencia no sea real.

Si lo estás pasando muy mal

Sostener una versión de uno mismo durante años desgasta, y con frecuencia se acompaña de vergüenza, autoestima baja y ánimo bajo. Si aparecen pensamientos de hacerte daño, no lo enfrentes en soledad: en Perú puedes llamar a la Línea 113, opción 5 (salud mental) del MINSA, gratuita y las 24 horas. Ante una emergencia, llama al 106 (SAMU) o acude a urgencias.

¿Cuándo consultar?

Esto no es una lista de chequeo diagnóstica. Es una guía de cuándo vale la pena que alguien te escuche sin apuro:

  • sales de reuniones o encuentros sociales agotado, y el cansancio no se explica por lo que hiciste ahí;
  • dedicas tanto esfuerzo a parecer atento que después no recuerdas de qué se habló;
  • tienes muchos vínculos cordiales y pocos o ninguno donde puedas estar sin actuar;
  • te diagnosticaron TDAH y tu entorno no te cree, o te dice que “no parece”;
  • sostienes tu funcionamiento con algo que no te indicó un profesional;
  • la sensación de estar interpretando un papel se volvió permanente, o ya no tienes claro quién eres cuando nadie mira.

Ese penúltimo punto merece decirse aparte: sostener el día con alcohol, con cafeína en exceso o con cualquier cosa que nadie te indicó no es motivo de vergüenza ni razón para postergar la consulta. Es una de las razones más importantes para pedirla, y conviene que lo menciones tú apenas empiece la conversación, no al final.

Y algo que no está en esta lista pero importa igual: si lo que llevas encima es ánimo bajo sostenido, ansiedad o la sensación de que nada te entusiasma, eso se evalúa y se trata, haya TDAH de por medio o no.

Una nota para quien llega aquí buscando confirmar un diagnóstico: si esto te viene ocurriendo desde hace años y te está costando el trabajo, las relaciones o el ánimo, lo que sigue no es etiquetarte, es una evaluación como corresponde (con historia del desarrollo, información de alguien que te conozca desde antes y descarte de otras causas). Enmascarar bien es una de las razones por las que el TDAH se diagnostica tarde, algo que también pesa en el diagnóstico tardío en mujeres y que se cruza con el sueño en el TDAH.

Si llevas años sosteniendo una versión de ti que cansa, una evaluación es un buen punto de partida. En mi consulta en Miraflores (Lima) y por videoconsulta evalúo el TDAH en adultos con un enfoque basado en evidencia, y el costo de sostener esa versión forma parte de lo que conversamos. Atiendo en español e inglés y entrego comprobante para reembolso de seguro.

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Preguntas frecuentes

¿Enmascarar es lo mismo que tener modales o comportarse en el trabajo?
Todos ajustamos cómo nos mostramos según el contexto. La diferencia que describen los adultos con TDAH es el costo: un esfuerzo sostenido por parecer alguien que no se es (a veces consciente, y en muchas personas ya tan automático que solo se nota por el cansancio que deja), que interfiere con la atención mientras ocurre y que se siente obligatorio, no elegido. Comportarse en una reunión no suele dejar a nadie sin energía para el resto del día.

Si logro enmascarar tan bien, ¿de verdad tengo TDAH?
Funcionar bien por fuera no descarta el diagnóstico, pero tampoco lo confirma. En el único estudio que ha explorado el tema a fondo, la mayoría de los participantes con diagnóstico de TDAH decía enmascarar, y muchos contaron que por eso mismo su entorno no tomaba en serio sus dificultades. Ahora bien, reconocerse en esa descripción no basta: distinguirlo de la ansiedad social, de rasgos autistas o de haber vivido discriminación real es trabajo de una evaluación, no de una lectura.

¿Entonces debería dejar de enmascarar?
No necesariamente, y nadie debería tomar esa decisión a partir de un artículo. Para muchas personas enmascarar cumple una función real de seguridad en entornos donde mostrarse tiene consecuencias. Además, no todas las formas de enmascarar cuestan lo mismo. Lo útil no es apagarlo de golpe, sino saber cuándo lo estás usando, cuánto te cuesta y dónde puedes bajar la guardia sin riesgo.

Me diagnosticaron de adulto y mi familia dice que no parece. ¿Qué hago?
Es una experiencia que aparece descrita en el estudio: la mencionó alrededor de uno de cada seis participantes. Cuando alguien ha sostenido una versión de sí mismo durante años, el entorno se acostumbra a esa versión y duda del diagnóstico. Ayuda explicar qué es lo que no se ve (el esfuerzo, el cansancio posterior, lo que se cae cuando el esfuerzo no alcanza) y, cuando es posible, que un profesional participe de esa conversación.

Este artículo tiene fines informativos y no reemplaza una evaluación médica individual. No inicies, cambies ni suspendas ningún tratamiento sin consultar a tu médico.

Referencias

  1. Mylett ML, Boucher TQ, Iarocci G. “I wish I could just be myself”: Experiences of social camouflaging in adults with ADHD. Research in Neurodiversity. 2026;2:100018.
  2. Marineau JE. Neurodiversity and workplace relationships: The impact of ADHD on social network ties. Acta Psychologica. 2026;264:106591.